Regresé al ashrama de brahmacaris después de un día difícil en la Queen Street, Auckland. A pesar de haber estado poco tiempo en la calle, lo único que recibí fue maltrato; no conseguí distribuir ni un sólo libro. Me sentía caído e inútil, y lo único en lo que conseguía pensar era: “Después de pasar tantos años distribuyendo libros, ¿por qué Krishna no me utiliza como un instrumento?”.

Entré en la sala del templo y ofrecí mis reverencias al Señor. Cuando me incorporé, vi a un joven frente a mí ofreciéndome pranams. Surathanatha das me presentó a nuestro invitado, Jerome, que me señaló con el dedo y exclamó: “¡Tú me vendiste el Bhagavad-gita! Tú me introdujiste a la Conciencia de Krishna. ¡Muchas gracias!”.

Jerome sacó una copia del Gita bastante usada de su bolso, y me contó que le había cambiado la vida. Me dio las gracias de nuevo.

Buscando en mi memoria, me acordé que conocí a Jerome durante el último maratón de Srila Prabhupada. Había venido en barco a Nueva Zelanda desde Uruguay. Lo conocí el mismo día en que su barco atracó en el puerto. Se puso muy contento cuando recibió el Gita, y lo empezó a leer inmediatamente. Sintiéndose inspirado, un tiempo después visitó el templo y conoció a los brahmacaris, que lo invitaron a conocer elashrama.

Más tarde esa noche, Jerome se fue con sus cuentas de japa y un libro pequeño. Mientras masticaba un pedazo de pastel, me puse a reflexionar en cómo Krishna reciproca de la manera más inesperada.

Su servidor,

Stambha Bhava Dasa
Nueva Zelanda

Categorías: Historias

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